Arte

La pintura victoriana, esa gran olvidada

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@jorgewearsPrada

Cien años desde su desaparición han tenido que pasar para que la pintura victoriana esté gozando de la importancia que se le ha denegado. Y no hay mejor forma para descubrirla que visitar la planta sótano del Museo Thyssen-Bornemisza.

"Fátima", Edward Coley Burne-Jones (1862)

“Fátima”, Burne-Jones (1862)

La exposición Alma-Tadema y la pintura victoriana en la colección Pérez Simón es un recorrido a través de cincuenta obras que nos acercan de una forma muy singular a los ejes sobre los que la pintura victoriana se desarrolló desde los años sesenta del siglo XIX hasta la Primera Guerra Mundial: la búsqueda y culto a la belleza y una fijación apasionante por Grecia y Roma y por la Edad Media en general. Y como no podía ser de otra forma, la figura central de la muestra es Lawrence Alma-Tadema, pintor de origen neerlandés y máximo representante de este arte que es toda una delicia no sólo para los ojos, también para otros sentidos como el olfato, pues parece que la salas que albergan los cuadros están impregnadas de un aroma a rosas.

Los orígenes de la pintura victoriana los encontramos en el prerrafaelismo, primer movimiento artístico cien por cien británico, aunque de corta duración. La Hermandad Prerrafaelita contaba en sus filas con Millais, Rossetti y Burne-Jones, aunque también poetas, escultores, críticos (John Ruskin), diseñadores (William Morris) y arquitectos formaban parte o tenían algún tipo de relación con ella. Su rechazo al academicismo que reinaba en Inglaterra les hizo volver a una pintura dónde el detalle minucioso y el luminoso colorido de los primitivos pintores flamencos predominaban en las obras, pues consideraban que el arte anterior a Rafael (de ahí el nombre del grupo) era más auténtico.

"La senda del amor [...]", Talbot Hughes (1896)

“La senda del amor verdadero nunca ha sido fácil”, Hughes (1896)

Una vez concluido el movimiento prerrafaelita, sus características no desaparecieron, derivando en una especie de posprerrafaelismo en el que se mantiene la misma tendencia temática centrada en la Antigüedad y en la literatura británica. Algunos artistas evolucionan pictóricamente, pero otros como Talbot Hughes se mantienen fieles a la inspiración artúrica y al detalle preciso. No obstante encontramos elementos que, sin abandonar los precedentes prerrafaelitas, aportan una nueva visión de los temas (muy imaginativa) y de la belleza femenina.

El interés creciente a finales del siglo XIX por las civilizaciones clásicas (atenuado en parte por la educación, los viajes y las visitas a museos) provocó una auténtica revolución en el arte británico al considerarse primordial, y prácticamente exclusivo, la búsqueda de la armonía visual en las obras. Por tanto, nos encontramos, y nunca mejor dicho, ante un arte por el arte en el que la influencia grecorromana es visible en cada trazo o pincelada del cuadro.

Fue Alma-Tadema quien mejor supo plasmar sobre el lienzo estos rasgos y reconstruyó con gran precisión narrativa temas de la Antigüedad y el Medievo y la vida cotidiana de ambas épocas, aunque al final del siglo XIX su temática evolucionó hacia escenas sentimentales y amorosas ambientadas en la Antigüedad.Su pintura (tanto de pequeño como de gran formato) se caracteriza por un exhaustivo estudio de todos los elementos que formarán parte del cuadro, obteniendo un resultado en el observamos su gran maestría como retratista y que la precisión del detalle otorga a la obra un aspecto casi fotográfico. Miembro de la Royal Academy, fue nombrado caballero en 1885 y una de las figuras más importantes de la vida social y cultural de Londres. Su muerte en 1912 marcó el fin de una época que está siendo descubierta en la actualidad.

"Las rosas de Heliogábalo", Alma-Tadema (1888)

“Las rosas de Heliogábalo”, Alma-Tadema (1888)

Aunque cuesta hablar de un simbolismo puramente británico, a lo largo de la exposición nos topamos con ciertos aspectos que dan a entender que en la pintura victoriana hubo autores, como Strudwick, Simeon Solomon y Waterhouse, que incluyeron en su producción artística elementos oníricos y relacionados con la hechicería y la mujer fatal, los cuales fueron fuente de inspiración para otros artistas del continente.

Con la llegada del siglo XIX, la pintura victoriana poco a poco fue dejando de producirse hasta su total desaparición con la Primera Guerra Mundial, en parte por la disminución del interés por la Antigüedad, pero sobre todo por la eclosión de las primeras Vanguardias. En el cubismo o el surrelismo no había espacio para el arte decorativo; únicamente Waterhouse supo otorgar a su obra de cierta modernidad, pero el conflicto bélico iniciado en 1914 terminó por aniquilar los rasgos de un arte que representó, en cierta medida, aquella Belle époque.

"Canción sin palabras", Strudwick (1875)

“Canción sin palabras”, Strudwick (1875)

Más información: Museo Thyssen-Bornemisza

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