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Una caja que no es tan tonta

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Normalmente me suelen exasperar sobremanera los comentarios de ciertas personas autoconsideradas grandes consumidoras de cultura, que huyen del best seller y del hit parade como si eso les fuera a hacer más listos. Consumidores de cultura, a poder ser en lengua no vernácula y conocida por muy pocos, que escriben o hablan con gran menosprecio de la televisión como si fuera la gran causante de los males actuales y pretéritos de la humanidad, encontrando así la cabeza de turco perfecta para no plantearse los problemas de base.

He llegado a escuchar a gente decir que una de sus series favoritas, que sigue por Internet y que televisan en otros países, pierde todo el encanto cuando una cadena de televisión nacional las compra para ofrecerla en su parrilla. Personas cuyo criterio cultural es la huida de todo aquello que pueda estar al alcance del consumidor medio de televisión, y que habla, en multitud de ocasiones sin conocimiento de causa, al descartar ver cualquier cosa que ofrezca la caja tonta, que de tonta tiene bien poco.

Personalmente, y sobre todo en mi experiencia profesional en el mundo de la educación, he preferido utilizar la televisión como aliada más que como enemiga. Los programas del corazón a veces sirven para mostrarnos la vida de hijos, cuñados o hermanos de alguien que representa o ha representado un nombre en el panorama cultural o político nacional o internacional, y conocer a esos personajes nos hace pues, más cultos. Los talent shows pueden mostrarnos desde recetas de cocina que luego podemos imitar, hasta música y baile que no conocíamos; y descubrirlos, nos hace ser más cultos. Los tan vilipendiados reality shows nos pueden mostrar una atractiva selección musical en sus montajes. Los documentales, nos pueden ofrecer una realidad social que si bien puede estar guionizada es un guiño a la población actual. Incluso los programas denominados coaching shows, nos pueden enseñar algo sobre el comportamiento humano.

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Y evidentemente tampoco hay que olvidar que uno de los principales objetivos de mucho de estos canales es el mero entretenimiento, que cuando se consigue, ya lo hace ser un programa nada desdeñable. Dicho entretenimiento puede basarse desde en la forma de comunicarse de un colaborador hasta en el comentario absurdo de un concursante de reality al uso. Los libros, aunque estén llenos de letras, no siempre están relacionados con la cultura, ni con entretenimiento. De hecho, desgraciadamente, estos dos parámetros suelen ser inversamente proporcionales. En mi modesta opinión, leer una novela sin ningún tipo de interés cultural, e incluso, mal escrita literariamente hablando, puede entrar en el campo del entretenimiento, nadie es más listo o más tonto por preferir el entretenimiento leído o el visto y oído.

Sin embargo, toda esta realidad tiene una letra pequeña, tan escondida y peligrosa como obvia: no debemos conformar todo nuestro bagaje cultural a este tipo de fuente, ese es el peligro de la mal llamada telebasura. No hay que olvidar la literatura, la poesía, la música en todas sus modalidades, el arte y todo lo que encierre algo de producción o sentimiento humano… No hay que ver los programas de televisión sin criterio, obviando que detrás de todos ellos, desde el reality, hasta el programa del corazón con los colaboradores más espontáneos, pasando por las series y las películas, todos ellos, tienen detrás un preparado pero necesario guión, que responde a las leyes escritas y tácitas de la pantalla pequeña. Cuando conocemos esas leyes, cuando sabemos relativizar la gran cantidad de información que desde nuestra retina llega al cerebro, y cuando aprendemos a clasificarla en los cajones de entretenimiento, cultura, realidad o ficción, es cuando realmente podremos disfrutar y sacar todo el partido a la mayor parte de los programas que vemos sentados en el sofá.

Fotografía: Aarón García Photography

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